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9 minutos
Índice:
- Estudiar y trabajar: una decisión que transforma destinos
- El aprendizaje que trasciende el aula
- Crecer dentro de una organización: disciplina y visión
- Liderar talento y cultura en tiempos de cambio
- Visión, esfuerzo y propósito: el mensaje para nuevas generaciones
Una historia que demuestra que estudiar y trabajar, con visión y constancia, puede transformar realidades personales y profesionales.
El año 2000 marcó el inicio de una etapa decisiva. Ingresar a la EBC y, de manera simultánea, incorporarse a BBVA no fue únicamente una coincidencia cronológica, sino una declaración de intención: construir una carrera profesional desde la base, con disciplina y determinación. Egresar en 2004 y comenzar ese mismo año la maestría en Administración y Finanzas también en la EBC consolidó una convicción temprana sobre la mejora continua. Detrás de esa decisión había una historia familiar vinculada al sector bancario y una enseñanza aprendida desde casa: el estudio y el trabajo no son caminos excluyentes, sino complementarios. La experiencia universitaria no se limitó a la adquisición de conocimientos técnicos; fue, sobre todo, una formación en responsabilidad real. Equilibrar horarios laborales matutinos con clases vespertinas implicó sacrificar comodidad, administrar el tiempo con precisión y entender que cada asignatura tenía una aplicación concreta en el entorno profesional. Materias como Análisis Financiero o Estadística y Pronósticos de Negocio, que en su momento representaron un desafío —incluso la necesidad de recursar una asignatura—, terminaron por convertirse en herramientas cotidianas en la toma de decisiones estratégicas. Esa vivencia confirma algo que múltiples estudios sobre empleabilidad han señalado en años recientes: la combinación de experiencia laboral temprana y formación académica incrementa la capacidad de adaptación y acelera el desarrollo de competencias críticas en entornos corporativos complejos (OCDE, 2024). La EBC no solo aportó conocimientos; fortaleció valores como integridad, disciplina, respeto y equilibrio, pilares que siguen vigentes en cada responsabilidad asumida.
Ingresar a BBVA en el segundo semestre de la carrera supuso un cambio radical de dinámica personal. La transición de estudiante de tiempo completo a colaboradora que atendía clientes reales, con metas y protocolos concretos, representó el primer gran laboratorio profesional. Apenas dos semanas después del ingreso llegó la primera atención directa a un cliente, un momento que evidenció la diferencia entre saber la teoría y ejecutarla bajo presión. Sin embargo, también permitió descubrir habilidades esenciales: capacidad de aprendizaje acelerado, resolución ágil y actitud positiva ante la incertidumbre. Con el paso de los años, la trayectoria dentro del banco estuvo marcada por la disciplina, la constancia y una lectura estratégica de los momentos de cambio.
En contextos empresariales cada vez más dinámicos, donde la transformación digital y la evolución cultural redefinen los modelos de negocio —como lo ha señalado el Foro Económico Mundial en su informe sobre el Futuro del Empleo 2025—, la adaptabilidad se ha convertido en una competencia crítica. Crecer dentro de una organización durante más de dos décadas no implica permanecer estático, sino evolucionar con ella, asumir nuevas responsabilidades y salir deliberadamente de la zona de confort cuando la curva de aprendizaje comienza a estabilizarse. Uno de los momentos más decisivos en esta trayectoria no estuvo vinculado a un ascenso, sino al nacimiento de una hija. La maternidad representó un punto de inflexión personal y profesional que obligó a replantear prioridades y a tomar decisiones con mayor conciencia. Regresar al entorno laboral después de esa pausa significó reafirmar la vocación profesional y asumir un nuevo reto: transitar hacia el área de Recursos Humanos, reportar directamente al CHRO y ocupar la Dirección de Control Interno de RR.HH., un movimiento que redefinió el rumbo de la carrera.
Hoy, asumir la Dirección de Estrategia de Talento y Cultura con impacto en más de 47 mil colaboradores implica entender el liderazgo desde una perspectiva integral. No se trata únicamente de diseñar políticas o iniciativas, sino de comprender que cada decisión estratégica tiene repercusiones humanas. En un contexto donde la gestión del talento se ha convertido en un diferenciador competitivo —según el informe Global Human Capital Trends 2025 de Deloitte—, las organizaciones que priorizan cultura, desarrollo y bienestar logran mayores niveles de compromiso y sostenibilidad. Liderar talento y cultura exige visión estratégica, sensibilidad y coherencia entre discurso y acción. También implica reconocer que el liderazgo contemporáneo no depende exclusivamente del cargo, sino de la responsabilidad individual.
Todos lideran desde su rol cuando asumen con criterio el impacto de sus decisiones. Para la comunidad estudiantil y egresada de la EBC, esta historia deja un mensaje claro: la visión, el esfuerzo y el propósito no son conceptos abstractos, son prácticas diarias. Tener metas altas es el punto de partida, pero avanzar hacia ellas requiere disciplina, preparación constante y capacidad para levantarse tras cada tropiezo. La universidad abre puertas, pero no garantiza resultados; el aprendizaje continuo y la integridad profesional son los verdaderos diferenciadores. Si algo demuestra esta trayectoria es que el origen no determina el destino y que, cuando se combinan educación, trabajo y propósito, es posible transformar no solo la propia historia, sino también la de quienes nos rodean.
Autora:
Brenda Arenas Directora de Estrategia de Talento y Cultura en BBVA
Maestra en Administración y Finanzas por la EBC

