Tratado Estados Unidos, México, Canadá
Nuevos beneficios para México

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Álvaro Vargas Briones*

Antecedentes

Hace un par de años, tras la serie de sucesos que en materia comercial se venían presentando en todo el mundo, empezamos a visualizar que el proceso de globalización, si bien había dado paso al desarrollo tecnológico, la innovación y el libre movimiento de inversiones y flujos masivos de capitales, también tendría, tarde que temprano, un freno, por el daño colateral que traía aparejado en el crecimiento y el desarrollo de las naciones, principalmente por el impacto que estaba generando en el terreno del empleo y los déficits comerciales.

De esta manera, empezaron a surgir voces que cuestionaban el libre comercio y por tanto la globalización, buscando replantear las reglas mundiales del intercambio de bienes y servicios hasta ahora escritas, enmarcadas en diferentes tratados y acuerdos comerciales, de los cuales nuestra nación, a esas fechas (2016), había celebrado poco más de 46.

Entorno histórico imperante

Así como Inglaterra, a través del Brexit, se cuestionó y replanteó su participación en la Unión Europea, y así como Cataluña discutía y analizaba su permanencia en la república española, Estados Unidos, a través de su polémico presidente Donald Trump, como actor preponderante en el comercio de América del Norte, puso la lupa en el TLCAN, tratado que había regido las relaciones comerciales entre México, E.U. y Canadá desde el primer día de 1994.

De esta forma, el histórico tratado empezó a sufrir las arremetidas o los embates de un gobierno que tradicionalmente había luchado por el libre comercio mundial y que hoy por hoy se negaba a continuar bajo las cláusulas que dieron origen al TLCAN, so pretexto de una relación injusta y dañina para el crecimiento y el desarrollo de su país, peleando por un proteccionismo que buscaba replantear las reglas del juego en un escenario por demás proteccionista.

Claro está que había mucho por qué pelear: un mercado que abarcaba más de 450 millones de habitantes en los países integrantes, lo que representaba números cercanos al 7.5% de la población mundial y que significaba un nivel de comercio por arriba de los 400.2 miles de millones de dólares (tomando como punto de partida cifras de 2016 y considerando una relación comercial tan sólo entre México y Estados Unidos).

Impactos

El TLCAN daba mucho de qué hablar en diferentes ámbitos, incluyendo el de su influencia en el PIB mundial (28%), niveles de dependencia y desarrollo, impacto sectorial, así como en la inversión y por supuesto el empleo y los flujos migratorios entre las tres naciones participantes.
Estados Unidos, en voz de su presidente, mostró su desacuerdo en la materia, empezó a pugnar por la renegociación de aranceles, las reglas de origen, el alza de los salarios en México y por la eliminación del capítulo 19, concerniente a las controversias en materia de comercio, por citar algunos puntos.

México, por su parte, trataba de mantener las relaciones comerciales casi intactas, con excepción del capítulo energético, así como de fortalecer la competitividad de América del Norte, de promover los flujos de inversión extranjera entre los tres países y de crear las condiciones que propiciaran un comercio incluyente.

Sectores afectados

La renegociación de dicho tratado por supuesto que tendrá serios efectos. Los sectores que de alguna forma sufrirán cambios o tendrán algún tipo de afectación, podrían ser el electrónico y el eléctrico, el automotor en sus diversas modalidades (autos ligeros, pesados y autopartes) y por supuesto el sector agropecuario, con su variedad de cultivos. Habrá repercusiones en el crecimiento y el desarrollo de los mismos y, desde luego, en los flujos de inversión y empleo, dependiendo de la habilidad de los negociadores en la materia. El impacto se extenderá a las actividades o las ramas componentes de cada uno de ellos.

Negociaciones y resultados

Después de arduas negociaciones, desacuerdos y sombrerazos, y enmarcado por dimes y diretes en torno a que México saldría mal parado, que no se firmaría el nuevo tratado, que Canadá no formaría parte del mismo y toda una serie de aseveraciones más, en un artículo similar a éste que escribí tiempo atrás, había afirmado, al igual que otros, que era tanta la interdependencia entre los tres países y sobre todo entre México y Estados Unidos, que sería imposible que tal acuerdo no fuera firmado; que, desde mi punto de vista, en parte era retórica política de un presidente del primer mundo que buscaba crear cortinas de humo, ante un descontento que se empezaba a vislumbrar en varios ámbitos de la sociedad norteamericana; y que lo que sucedería después de férreas negociaciones, sería un nuevo acuerdo o tratado suscrito por los tres países implicados en el viejo TLCAN.

El tiempo nos dio la razón. Después del susto, los funcionarios de los tres países firmantes dijeron haberse llevado la mejor parte del pastel, saliéndose con la suya, como si los otros negociadores no fueran tan listos. Sin embargo y a final de cuentas, para todos tenía que salir algo bueno. En el caso de México, tratando de ser objetivos y con base en los resultados de la negociación de manera concreta, digamos que los beneficios pueden ser resumidos de la siguiente manera:

  1. Pudo acabarse con la dañina incertidumbre que, por lo general, traían aparejada las negociaciones, provocando un gran ruido en todos los ámbitos de la economía y sobre todo en materia de inversión, tanto nacional como extranjera; generando pánico para el arribo de nuevos capitales; y dificultando el desarrollo de proyectos actuales y nuevos, relacionados principalmente con el comercio exterior.

  2. Las nuevas relaciones provocarán mejoras en la productividad del país, sobre todo en la industria automotriz y en la industria manufacturera, aprovechando las oportunidades en materia de reglas de origen y desarrollo tecnológico.

  3. Se dará una mejora de los salarios para los trabajadores mexicanos, que tanta falta hace para ellos, sus familias y el país. Y si se ligan dichos aumentos a una política de contención de la inflación y al aumento de la productividad en la economía en su conjunto, esto permitirá el alza del salario real y la activación de la demanda interna.

  4. Promoverá el incremento del Producto Interno Bruto en México, que, si se conjuga con una política fiscal adecuada, propiciará el crecimiento del país.


Podría citar más y más beneficios, pues si las empresas, las autoridades gubernamentales y los inversionistas se ponen listos, será posible generar una ruta de crecimiento que dé mucho de qué hablar en el mundo de manera positiva sobre nuestro país.

Pero hay que esperar el cambio de sexenio, ya que, desde la óptica personal, México se encuentra parado ante un umbral en el que se avizora prosperidad si se toman las medidas adecuadas y todo lo contrario si, como siempre, los políticos hacen de las suyas.

Creo que la ruta que se pretende seguir es la adecuada: políticas de promoción y apoyo al sector exportador y la inversión extranjera; activación de la demanda interna; apoyo y tecnificación del agro; políticas fiscales promotoras del crecimiento y la simplificación, apoyo a los que menos tienen, aumento del salario real y el tan esperado combate a las malas prácticas. Todo esto puede ser el motor propulsor del despegue a través del Tratado Estados Unidos, México, Canadá; claro está, si se sabe aprovechar al máximo.

* Economista especialista en finanzas, Presidente del Consejo de Administración de Grupo DNC y catedrático de posgrado de la EBC, Campus Ciudad de México, Edificio Dinamarca 32. Facebook: dncconsultores