Tesla y Musk,
conexiones permanentes

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Erick Omar Rosas Romero*

Las barreras tecnológicas y temporales a las que se enfrenta cada generación, no siempre representan un impedimento para quienes buscan impactar significativamente sobre la sociedad desde sus respectivas áreas de conocimiento.

Por su trascendencia en el mundo de los avances científicos, dos personajes son el tema de análisis de este artículo. A ellos, la historia los ha separado en tiempo y espacio distintos; sin embargo, los encontramos unidos por la similitud de sus ideales y de una profunda conciencia en favor del progreso humano.

Aún formaba parte del Imperio Austrohúngaro la actual Croacia, cuando esta tierra vio nacer a Nikola Tesla, el 10 de julio de 1856. Por la naturaleza de nuestros campos de estudio, puede ser que su nombre no nos resulte muy familiar, pues las áreas de especialidad de este personaje fueron la ingeniería, la física, la mecánica y la eléctrica. Aunque poco sepamos de él, es necesario detenernos un momento para analizar la importancia de su existencia.

Las distintas fuentes de información lo señalan como un hombre poco sociable, poseedor de una memoria fotográfica y víctima de lo que hoy definimos como Trastorno Obsesivo Compulsivo: su horario de trabajo era rigurosamente preciso e invariable, padecía de insomnio (no podía conciliar el sueño por más de dos horas continuas) y, antes de tomar sus alimentos, sus cubiertos debían ser limpiados exactamente con diez y ocho servilletas. Existen además datos sobre un segundo padecimiento: el autismo.

De este personaje pudiéramos enumerar gran cantidad de extrañas características, pero ello nos alejaría del eje central de nuestro análisis: lo verdaderamente trascendente acerca de esta figura fue su ideología y su genio científico. Debido a sus excéntricas doctrinas, Tesla fue señalado constantemente como un científico loco. Buscaba incansablemente la manera de generar y distribuir energía eléctrica gratuita para todo el mundo, labor que desde luego contradecía los modelos de negocio de las grandes compañías energéticas de aquel entonces, y que le originó rivalidades con los magnates de este sector, incluido su contemporáneo y antiguo apoderado, Thomas A. Edison.

Aunado a su condición de idealista, su rivalidad con Edison creció debido a que ambos defendían posturas contrarias acerca de las fuentes de energía más viables de aquella época. Por un lado, Tesla afirmaba que la llamada corriente alterna podía beneficiar a mayores sectores de la población, y que inclusive él sería capaz de generar esta energía a través del uso de recursos naturales. Por su parte, Edison defendía el uso de la corriente continua, a pesar de estar comprobado que ésta opción no satisfacía las demandas de toda la población, pues entre más lejos de la planta de energía vive el usuario, menos cantidad y calidad de corriente recibe en su hogar. A esta lucha se le conoció como “La batalla de las corrientes”, que representaba la guerra entre los ideales de un genio y la ambición de un inventor.

Lamentablemente, la habilidad para la creación que poseía Nikola Tesla fue opacada por su nula pericia en los negocios, hecho que le llevó a morir sumido en condiciones de pobreza. Muchos se preguntan qué hubiera pasado si el mundo de aquel entonces hubiese apostado por apoyar sus teorías y sus proyectos. Se dice que, de haber continuado con su trabajo, hoy el mundo entero gozaría de electricidad y telefonía gratuita, circunstancia que, desde luego, en nada beneficiaría a las industrias de este giro.

Su figura sigue hoy más viva que nunca. Conocer su vida es fuente de inspiración para científicos e ingenieros de todas partes del mundo, pues la historia revela que nuestro protagonista patentó cerca de trescientos inventos que nos siguen beneficiando en la actualidad. Sin embargo y más allá de eso, su importancia histórica lo posiciona como un ser que optó por buscar el beneficio del mundo, muy por encima de la avaricia y del lucro.

Este mismo interés por lograr un cambio drástico en el mundo a través del uso de la tecnología, tomaría forma nuevamente en la visión de un joven de origen sudafricano que, a más de sesenta años después de la muerte de Tesla, daría vida a un proyecto revolucionario y amigable con el medioambiente.

A sus doce años de edad, Elon Musk realizó su primer negocio exitoso: logró vender un videojuego programado por él mismo, obteniendo 500 dólares de este trato. Con este hecho, Musk comenzó una fructífera carrera en el mundo del emprendimiento. Hoy, Elon es incluido por la revista Time en el grupo de las cien personas más influyentes del mundo.

Desde luego, ninguna historia de éxito comienza con abundancia y prosperidad. Al llegar a la adolescencia, Musk tuvo que decidir entre continuar su vida en el continente africano y enrolarse en un servicio militar obligatorio o emigrar hacia Estados Unidos y convertirse en habitante de lo que él llama “la tierra donde las grandes cosas son posibles”. Con esta iniciativa y sin el apoyo de su padre, Elon salió al encuentro de un mundo que le tenía deparadas grandes sorpresas.

Tras finalizar sus estudios en Administración de Empresas y en Física, decidió enfocar sus energías hacia la industria del internet, el uso de energías renovables y la exploración espacial, esfuerzo que tuvo entre sus motores la profunda admiración del joven Musk por Nikola Tesla.

Y aunque supo encontrar inspiración en el genio del inventor croata, Musk supo aprender de los errores que Tesla cometió. Fusionó perfectamente su sentido de innovación, su pasión por la tecnología y una gran habilidad para los negocios. El uso de esta fórmula se tradujo en la creación de grandes empresas como Zip2, PayPal, SpaceX, SolarCity y Tesla Motors, entre otras.

Con una inversión de 6.3 millones de dólares, Tesla Motors vio la luz en abril de 2004 y se convirtió en la primera empresa emergente (startup) de la industria automotriz surgida en muchas décadas y en la primera empresa de este giro en Silicon Valley. Sin embargo, fue aquí donde Musk aprendería una de las lecciones más duras del mundo de los negocios, pues su inexperiencia en esta industria lo llevó a invertir mucho más capital del que había considerado. Tres años después del nacimiento de este ambicioso proyecto, los resultados no fueron los previstos: el modelo de negocios de esta compañía parecía no estar funcionando, los clientes potenciales aún tenían poca confianza en los automóviles eléctricos y este clima de incertidumbre provocó que ningún inversor privado considerara destinar capital para mantener a flote esta empresa.

Aunado a estos factores, el mundo entero estaba por enfrentarse a una de las peores crisis financieras de los últimos años. Era momento de tomar grandes decisiones, y Musk optó por no dejar morir su proyecto e invertir cuarenta millones de dólares de su propio bolsillo para salvar a la compañía. Sin duda, fue una apuesta arriesgada, pues esta suma representaba la mayor parte de su fortuna, amasada gracias a sus empresas anteriores.

Afortunadamente, este acto resultó favorable. Por fin, Tesla Motors había encontrado el impulso que necesitaba. Después de una reestructuración interna, la empresa estaba lista para lanzar al mercado sus nuevos modelos de automóviles eléctricos. Actualmente, el éxito de estos automóviles es tal que uno de sus modelos, Roadster color cereza, orbita el planeta Tierra.

Rescatamos de este análisis la similitud de pensamiento que existe entre dos personajes separados por el tiempo, pero guiados en un primer momento por el deseo de cambiar al mundo con el uso de la tecnología. Desde luego, así como existen estas aproximaciones, también es necesario considerar las diferencias abismales entre el hombre que murió en soledad y hundido en la pobreza a causa de defender sus ideales, y el emprendedor que en la actualidad se posiciona como una de las personas más ricas e influyentes del mundo, y que a través de la disminución en el consumo de combustibles fósiles y de la exploración espacial busca darle una segunda oportunidad a la civilización.

* Coordinador de Comunicación y Planeación de Medios Internos