Memorias de un centenario
Rubén López Cárcamo

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Roberto Cardiel Buendía

Siempre es poco el conocimiento personal, siempre es insuficiente, es apenas un haz de luz que cruza con timidez la espesa penumbra de nuestra propia ignorancia, vasta como la nada. Pero este parvo saber expande sus territorios cuando la vida nos regala más vida y aprendemos a observar, a escuchar, a tocar, a oler, a degustar…; es decir, a vivir con esa plenitud que miramos en la sonrisa de un hombre centenario, al que todavía se le enciende la mirada frente a la refulgencia de las cosas nuevas, con la frescura de su infancia permanente.

¿Cuánto tiempo es suficiente para hacer de nuestra biografía un episodio trascendente que deje una leve huella en el pensamiento y en el corazón de quienes nos rodean? Nunca sabremos a ciencia cierta la respuesta, pero sí podemos tomar como referencia el ejemplo de aquellas figuras que se atrevieron a soñar con un futuro prometedor, que viven un presente exitoso y continúan pavimentando un futuro próspero.

Es por ello que en este espacio detenemos el tiempo y honramos una existencia ejemplar, que recientemente ha alcanzado un siglo de vida, el cual ha dedicado a dejar testimonio del avance histórico de toda una región.

Conocido como un hombre de memoria prodigiosa, don Rubén López Cárcamo se ha ganado esta fama a pulso, pues a lo largo de sus cien años de edad ha coleccionado invaluables recuerdos, que actualmente comparte con claridad y con lujo de detalle.

En 1920, Tuxtla Gutiérrez era una ciudad de aproximadamente 17 mil habitantes. Ésta fue la tierra que recibió a Rubén López el lunes 3 de diciembre de 1917. Su madre, mexicana y su padre de origen salvadoreño, le brindaron un hogar fabricado con bahareque (material compuesto de caña, tierra húmeda y paja), el cual también cobijaba a sus tres hermanos.

Charlar con don Rubén es viajar en el tiempo, es conocer hasta el más ínfimo dato acerca de las construcciones, las avenidas y los acontecimientos importantes de la capital chiapaneca en los días finales de la Revolución y durante los años que definirían el rumbo de nuestra nación.

Desde su niñez, don Rubén supo que en su mente había algo peculiar: a sus cinco años de edad, paseaba por las calles de la capital chiapaneca, aferrándose a las faldas de su madre y saludando a cuantos conocidos encontraba en su camino. Noventa y cinco años después, él mismo demuestra la lucidez de su memoria con la publicación de un libro hermoso y conmovedor desde su título: Antier, cuando éramos menos.

Al caminar por las calles de nuestras respectivas ciudades, aquellas que de sobra conocemos, pocas veces nos detenemos a reflexionar que estamos transitando por espacios que trascienden nuestra vida misma y que muchas de las construcciones que nos son tan familiares representan invaluables patrimonios históricos, pues por su belleza o su utilidad mantienen su lugar y continúan resistiendo los embates de la modernidad y del desarrollo urbano.

Desde hace cien años, don Rubén ha estado aquí, en Tuxtla Gutiérrez, y ha sido testigo del devenir de la modernidad: recuerda los caminos, las construcciones que aún perduran y las que han desaparecido, los establecimientos, a los empresarios y a otras figuras ilustres que en la década de los años veinte ya moldeaban lo que sería la capital de uno de los estados más importantes de México. Y es que, al leer Antier, cuando éramos menos, miramos a través de una reluciente ventana, que nos muestra con nitidez los acontecimientos y los escenarios representativos de esta ciudad.

Claro está que las mentes privilegiadas como la suya son inquietas, libres y constantemente buscan nuevos conocimientos que absorber. Es por eso que don Rubén tuvo la dicha de concluir sus estudios básicos, y no conforme con ello, decidió incluirse en un modelo de enseñanza innovador para sus tiempos de estudiante: los Cursos por Correspondencia de la Escuela Bancaria y Comercial.

Fue a través de esta modalidad de estudio que don Rubén logró culminar su formación profesional dentro de la carrera de Contador Privado y Funcionario Bancario, hecho que le brindó la oportunidad de plasmar una fructífera carrera dentro del Banco Mercantil de Chiapas, lugar donde comenzó como cajero, ascendió a contador del banco y finalmente, gracias a sus conocimientos, asumió la subgerencia de esta institución bancaria.

A la par de este desarrollo dentro del mundo de los negocios, don Rubén emprendió una destacada carrera como cronista de su ciudad, actividad que fue el fruto natural de su amor por la investigación y la escritura, así como de su memoria prodigiosa.

En cien años de vida, la mente de don Rubén López Cárcamo ha entretejido un cúmulo de conocimientos y experiencias, que hoy sigue transmitiendo con lucidez impecable. Sin duda, su figura es el vivo reflejo del tiempo, pues él mejor que nadie entiende la importancia de la preservación histórica y con ferviente orgullo se presenta ante su alma máter para resaltar la importancia de hacer las cosas con pasión y entrega: el tiempo se encargará de darnos el debido reconocimiento.