Los labios de Natalia en Jyväskylä
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Demetrio Gómez Schwarzenhoffen

Leo a Mika Waltari (una vieja edición española de Juventud ardiente), mientras espero en el restaurante Kissanviikset la llegada de Natalia Ruiz Ochoterena, quien vive desde hace tres meses en Jyväskylä, una ciudad eminentemente estudiantil (llena de alegría, creatividad y estudio) ubicada a trescientos kilómetros de Helsinki. Y mientras espero, miro; y mientras miro, escucho a Sibelius en los pasillos de mi memoria: la dulzura fúnebre de El cisne de Tuonela, nítida y suave como la danza de un helecho acuático.

Estoy, pues, en el Kissanviikset, muy a gusto, esperando a Natalia, quien en su más reciente carta me habló de los lagos que rodean Jyväskylä. A esos lagos puedes llegar en bicicleta, para nadar en verano o patinar en invierno –me dice mi amiga, quien cursa aquí un semestre de su Licenciatura en Comercio y Negocios Internacionales.

El Kissanviikset es un viejo restaurante ubicado en la calle Puistokatu. Su nombre se traduce como Bigotes de Gato, que es precisamente su platillo principal: salmón bañado en salsa bearnesa y acompañado, a manera de guarnición, de champiñones, espárragos, jitomate asado, cebolla al pesto y las siempre exquisitas pommes duchesse de la cocina francesa. No dudo en ordenar, entonces, kissanviiksen lankkupihvi.

Apenas se aleja el mesero, pierdo la vista: un par de manos acaba de cubrir mis ojos. Tomo con mis manos las manos que me ciegan y las beso, para reconocer el fresco aroma de Natalia, una mujer ubicua con alma de nómada.

Trae la señorita Ruiz Ochoterena una sonrisa que delata alegría permanente. Yo hago algo más que mirarla: la contemplo.

-¡Finlandia me tiene vuelta loca, Demetrio! Venir a este país escandinavo fue la mejor decisión que pude haber tomado, no sólo por la gran experiencia acadé- mica sino también por el encuentro con una cultura distinta… de tan distante.

Llega mi salmón. Matilde, distraída, pide una copa del mismo vino que me han servido. Se roba una papa duquesa de mi plato mientras me cuenta que el sistema educativo de Finlandia es uno de los mejores del mundo.

- Los fineses están convencidos de que la educación es un derecho universal. Los mexicanos también, por supuesto (lo declaramos en nuestro artículo tercero constitucional), pero la diferencia es que la educación gratuita en Finlandia es excelente y suficiente (debido a ello, las instituciones educativas son predominantemente propiedad del estado o de las administraciones locales). Claro, Finlandia tiene menos de seis millones de habitantes, mientras que México rebasa los 127 millones. El sistema finés de educación superior se compone de las escuelas superiores y las universidades. Aqué- llas proveen educación y capacitación para adquirir las competencias profesionales de alto nivel que requiere el mercado laboral, mientras que las universidades realizan investigación científica e imparten la educación académica tradicional. El proyecto de Finlandia es que en 2020 el 42% de los jóvenes adultos tenga un título universitario o de escuela superior profesional, porcentaje que para México resulta aún una meta muy lejana: conforme a la información de la OCDE, a través de su evaluación PISA (Programme for International Student Assesment), sólo el 17% de los mexicanos de entre 25 y 64 años de edad tienen estudios universitarios.

Natalia pesca con los dedos un espárrago, lo unta de Béarnaise y se lo lleva a la boca con inquietante fruición.

-¡Los paisajes, Demetrio, los paisajes! Son divinos, tanto los naturales como los artificiales. Me encantan, pero de veras que me encantan. Cada ciudad tiene una magia muy particular, porque todo esto está construido con gran respeto a la naturaleza. Los fineses trabajan mucho para preservar su medioambiente. ¡Y disfrutan mucho de él! En invierno, a -30C, no es raro verlos en la práctica del cross country ski. Pero déjame contarte, querido amigo, de sus fiestas. ¿Aburridos los fineses? ¡Para nada! Son como nosotros: cualquier pretexto es bueno para echar relajo. Con decirte que se inventaron un festejo llamado pikkujoulu (pequeña Navidad) y lo celebran a mitad de noviembre, con el único propósito de calentar motores para las fiestas de diciembre. Además, la vida estudiantil es multicultural y divertida, porque la mayoría de las universidades cuenta con programas internacionales impartidos en inglés para estudiantes de intercambio y posgrado. Aquí he aprendido muchas cosas, Demetrio, porque tengo amigos de todos los continentes. ¡Imagínate la experiencia cultural! En cuanto al idioma, no he tenido problemas: como hispanoparlante, se me facilita la pronunciación; pero además se usa mucho el inglés en los lugares públicos; y como a los estudiantes fineses les interesa el español, siempre tengo el gusto de hablarlo.

Las alumnas y los alumnos de la EBC pueden viajar a Finlandia y estudiar en Tampere, porque con la Universidad de Tampere en Ciencias Aplicadas tenemos convenio de intercambio académico.

¿Estudias en la EBC y quieres cursar allá todo un semestre de tu carrera? Búscanos en la Coordinación de Relaciones Internacionales de tu campus.

Porque los aspirantes del horizonte estudian en el extranjero.

Si no fuera porque está sentada, diría que Natalia brinca al hablar. Una de las muchas virtudes de esta mujer es su capacidad de asombro casi infantil: parece una niña que redescubre el universo a cada paso que da, su cuerpo habla tanto como sus palabras. Me habla, por ejemplo, de sus frecuentes visitas al sauna…

-¿Sabías, Demetrio, que la palabra sauna es finesa? Tan finesa como la costumbre de darse baños de vapor. Me encanta darme esos baños y hacerlo mientras me azoto con ramitas de abedul, porque entonces queda una oliendo muy rico.

Sin darme cuenta, por nuestra mesa pasaron exquisitos karjalanpiirakat, pastelillos que Natalia ordenó en un pliegue de nuestra charla. ¡Y se nos ha ido la tarde! Ya anochece, así que mi amiga decide pedir para ambos una última bebida: glögi, vino tinto servido caliente, con canela, clavo, almendras y pasas. Y esto me recuerda el vino caliente en la Plaza de la Concordia de París.

Llega el glögi en hermosas guampas de cristal, que decidimos comprar para salir al frío de la calle y hacer nuestro propio pikkujoulu, mientras damos pequeños sorbos a nuestros sendos brebajes.

Caminamos sin prisa por un callejón correctamente iluminado. De una ventana nos llega el canto de una voz conocida. Es Ray Charles en 1960: Georgia on my mind. Miro a Natalia. Sus ojos y su sonrisa dicen todo. Nuestros labios color de vino se buscan y se encuentran. Dentro de mucho tiempo, cuando pasen estos días, cantaré desde mi propia nostalgia algo semejante en torno a Jyväskylä…