La influencia deslumbrante

El historiador Douglas Harper, fundador del Online Etymology Dictionary, afirma que la palabra restigiateur con sentido de “influencia deslumbrante” comenzó a usarse en 1815, para referirse a Napoleón Bonaparte. Y en 1816, Walter Scott, al describir la Batalla de Waterloo*, señaló que fue el corso quien utilizó por vez primera “prestige” como término alternativo de “charisme”. Precisamente, la mencionada batalla tuvo entre sus causas el deseo de Napoleón de recuperar su prestigio, después de un singular exilioen la isla de Elba.

En una de sus más conocidas novelas**, el británico Christopher Priest advierte que todo truco de magia consta de tres partes. En la primera (la promesa), el mago nos muestra algo común y corriente (una baraja, un pájaro o una persona), a la vez que nos pide inspeccionar y verificar que ese algo sea real y que no presente alteraciones (el ilusionista promete comenzar sin trampas). En la segunda (el viraje), el artista del espejismo toma ese algo que vemos normal y, con un simple giro, lo evapora o lo vuelve algo extraordinario…

Se escucha entonces la inhalación colectiva, el estupor del público.

¡Pero todavía no hay aplausos! Hacer que algo desaparezca o sea transmutado no nos parece suficientemente asombroso. El mago tiene que traerlo de vuelta, tiene que regresarlo a su estado original. Y ése es, precisamente, el tercer momento, el momento glorioso, el momento llamado PRESTIGIO.

La voz latina praestigiumhace referencia a la fascinación que alguien ejerce sobre otras personas: es el embeleso, es el encantamiento, es la capacidad de ganarnos la confianza y la credibilidad de quienes nos observan y nos escuchan, mediante la demostración de nuestro dominio absoluto de los hechos.

El PRESTIGIO es un estado que se obtiene, es una condición que se conquista, es una cima que se alcanza. ¿Cómo? Probando con acciones recurrentes que nuestro trabajo reinventa y redefine la realidad sin ponerla en riesgo.

Porque cualquiera puede partir a la mitad a una mujer en tutú, pero sólo el mago puede juntar las piezas y hacer que la muchacha salte de la caja y haga caravanas desde su saludable, hermosa y gratificante integridad.

Pero el título de esta sección no quiere decir que alguien nos va a otorgar el prestigio, sino que nuestras propias acciones serán las que lo generen. Porque aquí, al hablar del prestigio, ganar no tiene un sentido deportivo sino un sentido orgánico y estructural. Se gana prestigio como se gana salud, tranquilidad, capacidad de amar, inteligencia, conocimiento.

En los negocios, el prestigio siempre es la mejor ganancia. La palabra prestidigitador, por su parte y curiosamente, es un galicismo proveniente de prestidigitateur, que nació de un malentendido. Sucede que la ya mencionada voz latina praestigium dio, en su romanceamiento hacia el francés, el término prestigiateur. ***

Así, prestigiador es el que causa prestigio… y lo detenta. El prestigio es una categoría que se genera, no que se otorga. El prestigio se crea y se ejerce.

Admitamos, sin embargo, que el prestigio puede contagiarse o reflejarse (el que con lobos anda, a aullar se enseña; dime con quién andas, y te diré quién eres); pero ese prestigio siempre será hechizo, porque el hábito no hace al monje. Y cuando el dorado prestigio es mal ganado, obtenido con artimañas, pronto se descascara y enseña el cobre.

El prestigio no se obtiene por succión sino por acción. El prestigio es como la sabiduría: no llega, se alcanza. Digámoslo de nuevo: el prestigio se gana.

*En Paul’s letters to his kinsfolk, libro de Scott citado por Alberto Montaner Frutos
**El prestigio es una de las más conocidas novelas de Christopher Priest y fue publicada en 1995. No se tradujo al español hasta 2002 (en la legendaria editorial Minotauro). Más tarde, en 2006, fue lanzada la versión cinematográfica, que dirigió Christopher Nolan. En ella, corresponde a Michael Caine, en su papel de John Cutter, definir el prestigio como el gran momento de la magia
***El francófono de mediana ilustración del siglo XVIII, por ultracorrección, consideró que el término prestigiateur había sufrido en su evolución una síncopa (metaplasmo que consiste en la supresión de uno o más sonidos del interior de un vocablo) y que la palabra correcta era prestidigitateur (praestus, ligero; digitus, dedo), y dado que el mago es, por destreza adquirida, un individuo de manos ágiles, no fue difícil admitir esa restauración