El NACIMIENTO

de un CONTINENTE ARTIFICIAL

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Erick Rosas Romero*

Actualmente, la isla de basura del Océano Pacifico (ubicada entre Hawái y California) ya posee una extensión de 1.6 millones de kilómetros cuadrados (casi tres veces el tamaño de Francia). Su peso equivale a ochenta mil toneladas en desperdicios.

En 1997, Charles Moore, investigador oceanográfico y capitán marino de nacionalidad norteamericana, regresaba a casa a través del Pacífico norte después de haber participado en una competencia. Durante su travesía, Moore descubrió una gran extensión de desechos plásticos. Después de recolectar algunas muestras, Moore informó su hallazgo a Curtis Ebbesmeyer, colega y compatriota suyo, quien a su vez bautizó esta concentración como The Great Pacific Garbage Patch, mejor conocida como isla de basura o continente de plástico.

Desde luego, en los océanos de todo el mundo se acumula grandes cantidades de basura: actualmente, se tiene identificadas cinco aglomeraciones de residuos que por su tamaño ya son consideradas islas, repartidas en el Pacífico norte y sur, Atlántico norte y sur y en el Océano Índico. Pero lo que ha hecho crecer a un ritmo acelerado a esta isla del Pacífico norte es la convergencia de corrientes marinas rotativas y vientos.

Mediante distintos estudios, se identificó que esta mancha está compuesta en gran parte por materiales relacionados a la pesca industrial, como redes, cuerdas, cestas, jaulas, etcétera. Asimismo, se estima que el veinte por ciento de su composición total (cinco millones de toneladas de residuos) llegó hasta ahí como resultado del tsunami que azotó a Japón en 2011.

Mediante el estudio de la isla ubicada en el Pacífico norte, se descubrió que los materiales compuestos de plástico y sus derivados que la integran pasan por un proceso llamado fotodegradación, a través del cual cada objeto comienza a desintegrarse en porciones más pequeñas (micro – fragmentos) del tamaño de granos de arena o más pequeños. En el presente, estas pequeñas partículas representan el 8% de la isla y pueden ser agrupadas en cuatro categorías:

  • Polietileno (botellas y bolsas de plástico o residuos procedentes
    de productos cosméticos)
  • Poliéster (tejidos de prendas de vestir)
  • Polipropileno (componentes de vehículos o electrodomésticos)
  • Cloruro de polivinilo (PVC, material para fabricación de tuberías,
    cables, ventanas, etcétera)

Para la vida marina, estas partículas representan una amenaza total, pues a través de distintos experimentos se ha demostrado que en algunas especies provocan obstrucciones intestinales, lo que conlleva a una falta de apetito, poca alimentación y finalmente la muerte.

Este desequilibrio ambiental ha arrojado cifras alarmantes: según información de las Naciones Unidas se estima que, a este ritmo, para 2050 habrá más plástico que peces en el mar. Asimismo, gracias a este informe se calcula que en la actualidad el sesenta por ciento de todas las especies marinas tiene residuos plásticos en sus organismos.

Aquí encontramos un ciclo del que todos formamos parte: al incluir en nuestra dieta alimentos procedentes del océano, terminamos consumiendo esos pequeños contaminantes.

Es difícil determinar si los microplásticos afectan directamente a nuestro organismo, pues a diario los ingerimos en el agua embotellada y en los alimentos empacados. Sin embargo, esto no debería dejar de preocuparnos, pues aún hace falta enumerar otros contaminantes que, por su composición, se hacen totalmente imperceptibles a la vista: pesticidas, fertilizantes o herbicidas utilizados en la agricultura, que se filtran por la tierra y acaban tocando los mantos acuíferos de los que disponemos a diario, y otros, todavía más dañinos, que definitivamente amenazan la vida de cualquier especie, como restos de metales pesados (cobre, mercurio y plomo) o inclusive materiales radioactivos, descargados sin el mínimo remordimiento en donde mejor convenga por innumerables industrias.

Para la fauna que habita mares y playas, el problema no se limita al consumo de cuerpos ajenos, pues también existe el fenómeno conocido como pesca fantasma, que está representado por aquellas especies que tuvieron la mala fortuna de encontrarse con redes de pesca, jaulas y otros materiales que se adhieren a sus cuerpos y los mutilan.

Especies como ballenas, focas, manatíes, tortugas y aves marinas son las principales afectadas por esta situación. Tristemente, se ha vuelto común leer encabezados como aquel que anunciaba la muerte de trescientas tortugas Laúd y Golfina en costas de Oaxaca, debido a una red de pesca presuntamente procedente de un barco atunero de origen extranjero.

Ante el panorama global, surgen grupos que buscan soluciones viables. En 2013, Boyan Slat, inventor y emprendedor de origen croata, fundó la organización The Ocean Cleanup Foundation, dedicada a extraer residuos plásticos de los mares.

Mediante proyectos como Kaisei, dicha fundación ha establecido un método controlado por barcos y redes para recolectar el plástico. Con iniciativas como ésta, es posible avanzar en el proceso de recuperación de nuestro medioambiente; pero hay que tomar en cuenta que la depuración será lenta y no del todo efectiva… ¿Cómo resolver verdaderamente un problema incrementado durante décadas?

En marzo de 2018, el equipo de Slat publicó un estudio en el portal Scientific Reports, a través del cual los autores vaciaron la información y muestras recolectadas mediante 652 arrastres de residuos realizados por dieciocho buques en 2015. En este concentrado de información también se documentó lo obtenido mediante vuelos de reconocimiento realizados en 2016, lo que dio como resultado más de seis mil imágenes de este “continente” artificial del Pacífico norte.

Asimismo, el estudio reveló evidencias contundentes acerca de los orígenes y antigüedad de esta capa flotante: de cincuenta residuos recogidos con sello de producción legible, uno correspondía a 1977, siete a la década de 1980, diecisiete a 1990, veinticuatro a la década de 2000 y uno a 2010. También se pudo averiguar más acerca del origen de todos estos contaminantes, pues entre ellos se encontraron productos con palabras correspondientes a nueve idiomas diferentes, entre los que predominaba lo escrito en chino y japonés.

Gracias a esta información, podemos vislumbrar el panorama de nuestra realidad. Sin duda, los esfuerzos realizados por organizaciones como The Ocean Cleanup Foundation o Greenpeace ayudan a menguar los devastadores efectos de la huella que dejamos en el planeta; pero es nuestro deber no dejar esta gran carga en los hombros de unos cuantos.

La recomendación es sencilla pero contundente: la cultura de reciclaje y de cuidado de los ecosistemas nos corresponde a todos. Como comunidad honesta y socialmente responsable, quienes conformamos la EBC tenemos el deber cívico de ser conscientes y, si es posible, de concientizar con hechos y no sólo con palabras o compartiendo publicaciones en nuestras redes sociales.

Datos de la ONU revelan que cada minuto arrojamos el equivalente a un camión de basura a los océanos y aunque hemos avanzado en temas como la disminución del uso de popotes, es importante también desapegarnos del uso de bolsas y otros desechables, así como impulsar la cultura de separación de residuos.

Estamos ante una bomba de tiempo y en nuestras manos está el control para desactivarla. Sólo así, con acciones inmediatas, podremos hacer algo por preservar el único hogar que conocemos.

*Jefe de Comunicación y Planeación de Medios