¿Cómo (se) cambia la vida?
Imaginación, diseño y construcción del futuro

Las bestias sacan consigo del vientre materno todo lo que tendrán después. Al hombre, en cambio, le es conferido desde su nacimiento gérmenes de toda especie y gérmenes de toda vida. Y según como cada hombre los haya cultivado, madurarán en él y le darán sus frutos. Y si fueran vegetales, será planta; si sensibles, será bestia; si racionales, se elevará a animal celeste…

Giovanni Pico della Mirandola
Discurso sobre la dignidad del hombre


No son los cautelosos quienes se internan en lo desconocido y cambian el mundo. No son los sensatos quienes salvan vidas desahuciadas y cambian el mundo. No son los prudentes quienes liberan pueblos enteros y cambian el mundo. No son ellos, los cautelosos, los sensatos y los prudentes, quienes han legado a la humanidad inventos, descubrimientos y nuevas dimensiones para nuestro ser. Los padres de cada mundo nuevo somos los soñadores, los rebeldes, los suspirantes, los insatisfechos, los insomnes, los indómitos, los insolentes, los desobedientes, los indomables. Nosotro0073 somos los visionarios del universo, no porque seamos adivinos sino porque nuestra mirada recrea la realidad, y al recrearla nos volvemos fuentes de inspiración para quienes desean cambiar la vida (es decir, mejorarla).

Pero sabemos que la vida cambia por sí misma. Seis siglos antes de nuestra era, Heráclito de Éfeso afirmaba con mucho acierto que nadie se baña en el mismo río dos veces, tanto porque el agua fluvial se desliza, corre, fluye, como porque los bañistas mismos somos el devenir en persona, nos deslizamos, corremos, fluimos, somos río. No somos, sucedemos.

Sin embargo, el cambio natural lleva su tiempo y puede ser muy lento, cosa que nos produce a los espíritus inquietos una alegre exasperación (valga el oxímoron): Sí, por supuesto –decimos-, conviene adoptar una visión a largo plazo, pero las tareas de cambio deben comenzarse aquí y ahora. ¡Aceleremos el tiempo!

¿Y qué es el tiempo? Pregunta eterna entre las eternas preguntas.

En el capítulo 12 del libro XI de sus Confesiones, Agustín de Hipona escribe que si nadie le pregunta qué es el tiempo, él lo sabe; pero si se ve en la necesidad de explicarlo, entonces no lo sabe.

Definimos el tiempo con el lenguaje del espacio: hablamos del año que viene y de la semana que se fue, deseamos que llegue el viernes, los segundos pasan lentos en la fila de un banco y los minutos corren deprisa durante la velada familiar, vemos caer la noche y anhelamos que surja la mañana.

Nuestra manera de hablar refleja lo que pensamos de nosotros mismos: somos simples espectadores del tiempo, no ejercemos sobre él influencia alguna, nos hemos rendido ante su deslizamiento inexorable; imaginamos el tiempo como el inevitable flujo de la vida (nada ni nadie puede detenerlo o salir de él), el universo entero va –y nosotros con él- en un mismo sentido cronológico.

Somos esclavos del tiempo, lo dice la mecánica newtoniana y la percepción que tenemos de nuestro propio ser en estado de vigilia. Entonces, ¿qué podemos hacer para liberarnos de las cadenas que nos atan a esta sincronía que avasalla nuestra voluntad?

1. Podemos hacer lecturas disparatadas de la teoría de la relatividad o de la teoría ondulatoria, y con ellas pensar de otra manera –creer, por ejemplo, que es posible saltar hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, como si de verdad esta magnitud física fuese u ocupase un espacio-, pero el gusto general por dimensiones estrafalarias sólo demuestra nuestra provinciana incapacidad para maravillarnos ante la realidad comprobable. ¿No es la existencia, por sí misma, un hecho portentoso y cautivador?

2. O podemos hacer del sueño nuestro refugio. Podemos dormir a medias y andar a medias despiertos, porque la mezcla de sueño y vigilia nos dicta guiones funambulescos cuya narrativa nos embelesa. Podemos mantener nuestra existencia sobre la arena de lo que Freud llama el sueño nodriza, aquel en el que el mundo exterior y el mundo interior se embarullan. Podemos edificar nuestra casa en esa duermevela de quien nunca queda del todo dormido y nunca está totalmente despierto. ¡Podemos hacerlo, claro! De hecho, lo hacemos continuamente en este siglo paradójico, donde la vastedad de la información no ha producido las grutas de conocimiento esperadas.

2.1 Agotados de la cruda realidad y angustiados por la pérdida del centro, algunas almas frágiles prefieren regresar al pensamiento mágico y mantenerse en ese vestíbulo del sueño donde el exterior interviene en la fantasía onírica y la alucinación cobra visos de realidad, una realidad que se levanta trémula como el espejismo de una carretera abrasada en los días caniculares, como los suspiros de opio de una criatura desamparada que aún conversa con seres imaginarios.

2.2 Podemos, pues, regresar a la Edad Media y pensar, como Ptolomeo, que el universo físico está constituido por siete esferas concéntricas, la primera de las cuales es el mundo sublunar, es decir, la Tierra; la última, fija, es la de las estrellas; más allá sólo está Dios. En el mundo sublunar, a propósito, rige la duración y la corrupción; existe un centro (acaso Jerusalén, acaso Roma). El tiempo, es decir, la historia, cuenta con tres momentos principales: el lapso del Paraíso Terrenal, la etapa de la redención mesiánica y la gloriosa segunda venida de Jesucristo. En cuanto a la sociedad, ésta se halla jerarquizada; el individuo, por su parte, tiene en ella un lugar específico e inmutable. Esta cosmovisión, como puedo suponerse, es el jardín apacible de la indolencia espiritual: Nada puedo hacer, todo está dispuesto de una manera en el Gran Teatro del Mundo (cfr. Calderón de la Barca) y cada ser tiene un papel que representar, así que querer cambiar la vida es un anhelo pecaminoso y absolutamente infructuoso. Quevedo lo dice de mejor manera al poner en verso parte del pensamiento de los estoicos, en su Epicteto y Phocilides en español con consonantes (1635).

No olvides que es comedia nuestra vida y teatro
de farsa el mundo todo que muda el aparato
por instantes y que todos en él somos farsantes;
acuérdate que Dios, de esta comedia
de argumento tan grande y tan difuso,
es autor que la hizo y la compuso.
Al que dio papel breve, sólo le tocó hacerle
como debe; y al que se le dio largo,
solo el hacerle bien dejó a su cargo.
Si te mandó que hicieses la persona de un pobre
o un esclavo, de un rey o de un tullido,
haz el papel que Dios te ha repartido;
pues sólo está a tu cuenta hacer con perfección
el personaje, en obras, en acciones, en lenguaje;
que, al repartir los dichos y papeles,
la representación o mucha o poca
sólo al Autor de la comedia toca.


O podemos, en cambio, ejercer nuestra modernidad (uno de cuyos atributos es la conciencia de la historia) y advertir con Nicolás de Cusa que no hay separación de mundos, sino que el universo es una explicación imperfecta de Dios (explicatio de lo complicatio). El mundo –dice el autor de La docta ignorancia-, es una esfera de radio infinito cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Y si la Tierra no está en el centro, entonces no es fija, además de que el cambio y la corrupción no son exclusivos de ella.

El tiempo…

Todo llega a la misma hora, aunque ese momento adopte otros nombres y otras características atmosféricas en otros lados del planeta. Cuando en la República Mexicana es el mediodía (con ligeras diferencias entre sus cuatro husos horarios), en Mozambique son las ocho de la noche. ¡Sí, pero es el mismo instante! No vivimos tiempos distintos, sólo nombres y escenarios diversos que se enlazan en una realidad colectiva llamada presente.

Atados al tiempo, preguntamos otra vez: ¿qué podemos hacer para liberarnos y cambiar la vida? Primero, adoptar acciones para avanzar y hacer cambios en el camino –aunque tales cambios sean imperceptibles, en vez de tramar puerilmente acciones para alcanzar ya, inmediatamente, la utopía. Porque no se trata de llegar al Edén ni a la gloriosa venida de los dioses en medio de un ejército de ángeles redentores y arcángeles vengadores, sino de construir una sociedad más justa, más igualitaria y más capaz de construir escenarios propicios para que el individuo adulto edifique, para beneficio personal y de los suyos, su propia idea de felicidad.

La vida se cambia cuando ahora es ahora.

Desde la Roma antigua y hasta el mismo romanticismo decimonónico la palabra virtud hizo alusión a la naturaleza aventurera de los varones (virtus, vir, varón, porque la reivindicación cultural de la mujer no brotaría sino hasta el último tercio del siglo XIX, a partir de los movimientos sufragistas europeos), y en ese sentido el hombre virtuoso era el hombre emprendedor, aquel que poseía el carácter, el valor y la fuerza para acometer proyectos de índole heroica. De hecho, el Übermensch (Superhombre) de Nietzsche parece heredero legítimo de esta etimología de la virtud, por cuanto su sistema de valores está basado en la voluntad de poder.

Pero si logramos desprender de nuestro discurso el más mínimo tufo de exclusión misógina, será entonces fácil utilizar las ideas de voluntad y fuerza para definir el concepto de empresa.

La vida se cambia cuando haces lo que dijiste que ibas a hacer.

En sus Conclusiones filosóficas, cabalísticas y teológicas (que comienzan, precisamente, con la Oratio de hominis dignitate, uno de cuyos pasajes cito a manera de epígrafe), Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494) afirma que, a diferencia del resto de la naturaleza, el ser humano es un camaleón existencial que elige su forma y su función, a la vez que define sus limitaciones de acuerdo con el libre albedrío y que es capaz de transformarse a sí mismo en lo que desee (no faltó, por supuesto, quien acusara de herejía al brillantísimo joven ferrarés, cuya precocidad sigue asombrando al mundo –tenía apenas 23 años de edad cuando publicó sus Conclusiones, unos meses después de haber raptado a la esposa de Giuliano Moriotto de Medici, pariente pobre de los Médici florentinos).

¿Podemos, entonces, imaginar, diseñar y construir nuestra vida, recrear el mundo y adueñarnos del tiempo? ¿Podemos cambiar la vida? ¡Sí, por supuesto! Pero para ello es necesario aprovechar los logros alcanzados por la humanidad desde que ésta decidió convertirse –ella misma– en un proceso histórico: Si no puedo escaparme del tiempo, si estoy atado a leyes físicas y biológicas, yo seré el tiempo, yo seré el camino y yo seré el destino, y mis aliados serán la naturaleza y la ciencia. Porque la vida se cambia cuando nos adueñamos de nuestra propia conciencia.