El adulto adolescente
y la cultura del consumo

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FABRIZIO ANDREELLA*

Entre juego y trabajo
"Los acontecimientos decisivos marcaron el curso del mundo; el primero es el nacimiento de la herramienta (o del trabajo); el segundo, el nacimiento del arte (o del juego). La herramienta es debida al homo faber... El arte empezó con el hombre actual, el homo sapiens... El paso del mundo del trabajo al mundo del juego es al mismo tiempo el paso del homo faber al homo sapiens físicamente del esbozo al ser acabado."

Al genio visionario que, midiéndose con un asunto tan grande y con una extensión temporal casi insoportable para la racionalidad, logra de todas formas una síntesis creativa tan elegante, se le perdona la imposibilidad de averiguar su veracidad. Cuando la audacia intelectual alcanza la estética tan vertiginosa, la importancia de la exactitud empequeñece.

En mi memoria, esta especulación de Georges Bataille (El hombre de Lascaux) iluminó el ingreso del Laberinto de la soledad. Allí, tal vez como alusión el enredo que iba a enfrentar en ese ensayo, Paz colocó la figura del adolescente y meditó sobre esa etapa de la vida. Una etapa inquieta, deprovista de certezas, a la merced de fuerzas rebeldes y desconocidad y a menudo empantanada en un malestar sin causa.

Así reflexionaba Paz: "Niños y adultos pueden trascender su soledad y olvidarse de sí mismos a través de juego o trabajo. En cambio, el adolescente, vacilmente entre la infancia y la juventud, queda suspenso un instante ante la infinita riqueza del mundi. El adolescente se asombra de ser.
Con esta descripción memorable de lo que todos hemos sido - es decir, ese personaje inseguro, hambriento de infinitudes y en búsqueda de un identidad que se niega-, Paz evidencia que en el adolescente el asombro de ser produce un vacío ansioso porque ésa es la edad que no se puede llenar, la edad donde ni un juego ni un trabajo pueden lenificar la vida. El adolescente no encuentra el fin de su búsqueda por que no sabe lo que quiere y trta entonces de tantear situaciones, emular conductas y absorber ideas que puedan plasmarlo y colmar su sensación de vacuidad."



Octavio Paz define la adolescencia como una etapa inquieta, deprovista de certezas, a la merced de fuerzas rebeldes y desconocidad.


¿Expresión o consumo?
No es que la necesidad de consumir sea en sí una ladición o una condena. Es una natural condición humana. El problema es que hoy se ha convertido en la forma mental con la que juzgamos, deseamos y experimentamos también nuestra vida interior de relaciones. Cuando participamos en el violento debate de las emociones colectivas en los medios de comunicación como pasivos y locuaces milicianos de una opinión, cuando actualizamos incesante e insatisfactoriamente nuestra imagen real frente a los escaparate y nuestra imagen digital frente a una pantallita, cuando regalamos nuestros datos sensibles a quien los aprovecha para ganar dinero con la publicidad personalizada, cuando renunciamos al verdadero ocio reflexivo para extenuernos con un ocio pasivamente de shopping compulsivo, cuando organizamos nuestro antagonismo al sistema sociopolítico utilizando su lenguaje y las plazuelas mediáticas que allí están para que nuestra protesta las llne, en todos los momentos nos asentamos en espacios de consumo creyéndolos espacios de expresión.

Es un comportamiento tan automático e irreflexivo que nos parece simplemente justo, natural, placentero y hasta rebelde consumir tiempo y energía dentro de esas arenas. Pero cuando una elección personal se transforma poco a poco en necesidad o dependencia, o cuando una libre expresión se torna en espejo narcisista donde admirar nuestra rabia fianalmente tomada en cuenta (y a lo mejor halagada por muchos likes), ya no estamos afirmando nuestra presencia sino nuestro sometimiento.



En otros tiempos, para contestar esas preguntas y darle un sentido a la vida, la cult ura filosófica im pulsó la reflexión especulativa, la cultura religiosa fomentó la búsqueda interior y la cultura de la ilustración concibió el Grand Tour enciclopédico y físico. Ahora ni el alma ni el mundo son el terreno donde uno se encuentra a sí mismo, porque la cultura tecnológica pro­ mociona un paradójico misticismo materialista que idolatra la imagen de sí como bandera de una juventud eterna.

En este contexto, el psicoanálisis ya no sabe desenredar las preguntas existenciales de la telaraña de la racionali­ dad, porque teme descubrir su insuficiencia, las Iglesias ya no saben percibirlas porque están preocupadas por dar respuestas rápidas y accesibles a los "grandes males del mundo", y la filosofía no logra considerar las dignas de re­ presentarla porque se ha puesto a competir con las cien­ cias. Por eso el mercado tiene guardadas esas preguntas dentro de los bienes de consumo.
Así, la búsqueda de la propia identidad mediante obje­ tos externos es un mecanismo psicológico que alimenta una parte enorme de la economía mundial, esa parte que vende sueños, lemas, tribus, estilos y disfraces en forma de bienes de consumo material e inmaterial.
La otra manera de buscarse a uno mismo, aquella ex­ ploratoria, es un camino que la sociedad del consumo trata de ocultarle a los verdaderos adolescentes, para que a esa edad ya puedan ser engranajes sustanciales del sistema económico.

Los consumos exhibidos
La cultura consumista trata de convertir los deseos de los adultos en caprichos infantiles. Los productos de la industria cinematográfica, de la moda y alimentaria, que hace cincuenta años los adultos desdeñaban porque eran "para los niños", hoy son mercancías que consumen con placer y orgullo juvenil, porque juegan a ser y parecer lo más joven posible a través de consumos exhibidos: se visten con ropa de teenager, escuchan música pop contemporánea, juegan con la PlayStation, leen Eragon y Harry Potter, y en el cine les encantan los blockbusters de la Pixar.