COMPRAR Y VENDER
EN LA CIUDAD DE MÉXICO

México fue la ciudad principal de los señoríos nahuas (1325-1521) y capital colonial (1521-1821), así como capital de la República y Distrito Federal (1821-2016), antes de recibir oficialmente el nombre de Ciudad de México, mediante decreto de reforma constitucional promulgado y publicado el 29 de enero de 2016. Al día siguiente, la ciudad estrenó el nombre que ya veníamos utilizando sus habitantes desde hace tiempo, a la vez que se convirtió en una entidad (que no estado) con plena autonomía dentro de la Federación.

Aunque hubo prácticas de intercambio establecidas antes de la llegada de los aztecas al Valle de México, el refinadísimo desarrollo del comercio con el que se encontraron los españoles tiene su origen en la fundación de Tenochtitlan. El tianquiztli, por ejemplo, que fue el mercado institucionalizado, funcionaba no sólo para el consumo interno y el bienestar social, sino también como plataforma de exportación de los productos aztecas y, por ende, vehículo de expansión para el imperio tenochca.

Si a principios del siglo XIV el comercio se daba de manera muy rudimentaria, poco a poco los aztecas desarrollaron formas más elaboradas de intercambio. Baste con decir que a la idea del objeto intercambiable incluyeron los conceptos de producto y servicio, probablemente no definidos con precisión en la lengua náhuatl, pero si llevados cotidianamente a la práctica.

Bernal Díaz del Castillo hace una relación pormenorizada del comercio en el México de principios del siglo XVI: oro, plata y piedras ricas, plumas y mantas de henequén, esclavos, algodón, cacao, calzado, cueros de tigre, león y nutria; venados y tejones adobados (y otros sin adobar); frijoles, chía, gallinas, gallos, conejos, liebres, fruta, alimentos cocinados, loza, tablas de madera, cunas, bancos, papel amate, cañutos de olores con liquidámbar y otros ungüentos, herbolaria, sal y navajas de pedernal.

Además de la producción artesanal y el comercio, hubo también en el lago una sorprendente agricultura: la que se daba en chinampas.

Hoy, cinco siglos más tarde, la Ciudad de México cuenta con una extensa red de micro y pequeñas empresas industriales, comerciales y de servicios, que crea la mayor parte del empleo citadino. Sin embargo, recordemos que durante el lapso que va de 1976 a 1997, la cadena de crisis económicas vividas entonces produjo un notable empobrecimiento general, que a su vez dio lugar a la multiplicación de la llamada “informalidad” como modo económico de subsistencia. Ésta echó raíces y se convirtió desde entonces en toda una cultura comercial difícilmente controlable.

Al conservar su carácter de capital de la República, al seguir albergando los poderes de la Unión y al absorber un significativo porcentaje de la inversión empresarial, resulta lógico que mantenga su histórica fuerza de atracción para la migración que llega de muy diferentes zonas del país. Dicha migración es una de las causas de incremento en las tasas de subempleo y comercio informal.

Desde hace ya veinte años, los gobiernos de la Ciudad de México y las organizaciones civiles de la entidad han señalado la urgencia de eliminar toda relación corporativa privilegiada con organizaciones de ambulantes y con sus dirigentes.

Sin embargo, los vínculos de corrupción subsisten (y esto no sólo en el antiguo Distrito Federal y en la zona metropolitana, sino en todas las ciudades de la República), lo que impide resolver el problema de convivencia ciudadana, que cada vez se agrava más.

Sí, hay que decirlo: la colusión entre autoridades y quienes cometen reiteradamente cierto tipo de faltas administrativas sigue siendo uno de los principales obstáculos para la dignificación de la ciudad y de sus habitantes.

Creemos, sin embargo, que la Constitución de la Ciudad de México, recientemente promulgada y que entrará en vigor el 17 de septiembre de 2018, contribuye a encontrar una solución justa, una solución que no cometa el error de suponer que “extirpar es resolver”.

Las autoridades gubernamentales, los representantes de la ciudadanía y las organizaciones independientes, así como muchas personas motu proprio, ponen su granito de arena. Aunque el fastidio cotidiano nos haga afirmar que nadie hace nada, lo cierto es que muchos hacen algo (y algunos hacen mucho), desde la sociedad civil hasta la administración pública, pasando por vecinos y activistas cuyo amor genuino a la ciudad los hace dedicar horas de su tiempo libre a gestionar, a escribir, a discutir, a presionar, a proponer y a denunciar.

El artículo 10 de la Constitución de la Ciudad de México (Ciudad productiva) señala en la fracción 13 del apartado B que los derechos de “(…) los comerciantes que realicen sus actividades en el espacio público serán ejercidos a través del establecimiento de zonas especiales de comercio y de cultura popular que defina la ley con la participación de los propios (…)” comerciantes, y que “(la) ley determinará los mecanismos para un proceso gradual de regularización, formalización y regulación en materia urbana, de espacio público, fiscal, de salud pública y de seguridad social”.

Asimismo, en el apartado D advierte que “(el) Gobierno de la Ciudad de México establecerá programas y designará presupuestos para el fomento al emprendimiento y el impulso a las actividades económicas tendentes al desarrollo económico, social y el empleo en la Ciudad (y que las) autoridades contribuirán a la generación de un entorno favorable a la innovación productiva, a la creación de nuevas empresas, al desarrollo y crecimiento de las empresas de reciente creación y a las ya existentes que propicien de manera dinámica, integral y permanente el bienestar económico y social de la Ciudad”.

Para resumir, la tarea consiste en inhibir la informalidad comercial y fomentar el emprendimiento, ambas acciones con la ley en la mano.

¡Ya es algo, ya se trazó una ruta! Sobre esa ruta debemos trabajar todos. Porque mal haríamos en tomar decisiones políticas, económicas y sociales, por más urgentes que sean, sin antes entender profundamente el carácter eminentemente comercial de las sociedades que han habitado este territorio a lo largo de setecientos años (la Ciudad de México cumplirá siete siglos de existencia en 2025). Sólo así, con un estudio exhaustivo de nuestra propia cultura y de toda nuestra historia, podremos trazar un proyecto que logre hacer compatibles la recuperación del espacio público y el bienestar económico de todos los habitantes de la Ciudad de México.


Fuentes: Segunda carta de relación enviada por Hernán Cortés a Carlos I de España (firmada el 30 de octubre de 1520); Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo (1568); 1554 México 2012, de Eduardo Matos, Vicente Quirarte y Ángeles González Gamio; Los rituales del caos, de Carlos Monsiváis; Guía del comercio popular y tradicional del Centro Histórico de la Ciudad de México, de Marie Aimée Montalembert; Los mercados de la Plaza Mayor de la Ciudad de México, de Jorge Olvera Ramos; Una ciudad para todos, texto de 1997 elaborado con la participación de varios expertos bajo la coordinación del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas (de estos dos documentos hemos extraído algunas ideas y hemos parafraseado algunas líneas).