Los comicios
en Estados Unidos

Es como un huevo de serpiente. A través de su delgada membrana, puedes distinguir un reptil ya formado.

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HANS VERGERUS*

Estas líneas fueron escritas durante los últimos días del mes de agosto, con el propósito de reflexionar en torno a la inminente jornada electoral de los estadounidenses. Los lectores de Ventana EBC están leyéndolas en octubre.

¿Es este desfase de tiempos un problema? ¿Quedará este artículo rebasado por los acontecimientos? Ya se verá en su momento. Mientras y a manera de hipótesis, señalemos que la gravedad de la candidatura republicana no está en las destempladas expresiones del magnate neoyorkino, sino en la aprobación y el apoyo que él recibe de una porción significativa de la sociedad estadounidense, porque esa aprobación habla de un estado de ánimo, así como de la pervivencia y la proliferación de una ideología de extrema derecha (aceptemos el término por comodidad teórica e interpretémoslo exactamente como lo entendió la Asamblea Nacional Constituyente francesa del 11 de septiembre de 1789 –para el caso que nos ocupa, la monarquía que se busca restituir es la grandeza norteamericana, con todo y su espeluznante doctrina del destino manifiesto).

Donald Trump puede apagarse, perder la contienda y pasar a la historia como uno de los momentos más desafortunados y tenebrosos de la ultraderecha norteamericana; pero su campaña ya puso el dedo en la llaga cultural de Estados Unidos, y ello es cosa que no debe olvidarse después de las elecciones: parte importante de su población es homofóbica, misógina, racista y xenofóbica (aunque este perfil de intolerancia no es exclusivo de la extrema derecha estadounidense, sino que tiene presencia en todo el mundo), y vive hoy con la nostalgia de la grandeza nacional y con el anhelo de restaurarla.

El rechazo de este numeroso grupo social a la diversidad en general es la respuesta mecánica propia del miedo, una respuesta que desvela –otra vez- el fundamentalismo de un sector relevante de la sociedad occidental, tan peligroso como el comportamiento del extremismo islámico.

Sí, es cierto, Donald Trump nos ha puesto a muchos a temblar con sus desplantes, sus amenazas y sus exabruptos; pero no es él –no debe ser él- el motivo de nuestros desvelos, sino la existencia de un sector significativo de la sociedad que encuentra en el candidato republicano estadounidense su voz y su visión del mundo.

Es fácil asociar al personaje con otras figuras de la historia. El rango de las analogías va desde la monstruosidad y la truculencia hasta los más grotescos ejemplos de la ignominia y la bravuconada. Incluso y sin hilar delgado, también encontramos similitudes entre los electores que apoyan la candidatura de Trump y la gestación del nacionalsocialismo alemán. Y es aquí donde más vale estar alertas: lancemos los reflectores hacia un posible huevo de serpiente.


¿El ver nazis potenciales en los trumpistas es un pensamiento desmesurado? ¿Es una presunción sin fundamento o es una intuición colectiva que forma parte de nuestro instinto de supervivencia? ¿Huele a azufre o es sólo nuestra imaginación?

No somos los primeros ni seremos los últimos en recordar la película El huevo de la serpiente (1977), al pensar en Trump y sus seguidores.

La historia escrita y filmada por Ingmar Bergman ocurre durante los días previos al intento fallido de golpe de estado perpetrado por los camisas pardas del Sturmabteilung (el brazo armado del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán). En la película, los preparativos del asalto a la cervecería Bürgerbräukeller (en Múnich) no se muestran, pero son un zumbido grave y permanente que contrapuntea con las peripecias de los protagonistas.

Lo que observamos en la obra del genial cineasta sueco es una República de Weimar (la Alemania de entreguerras) que aún no se recupera de la derrota en la Primera Guerra Mundial ni del Tratado de Versalles, una Alemania donde “casi todos han perdido la fe en el futuro y en el presente”. La atmósfera es de abatimiento moral y honda depresión, las imágenes son crudas y profundamente tristes, es un mundo sin esperanzas. La única manera de aliviar el dolor del alma es con placeres fugaces, y eso sólo cuando hay dólares estadounidenses (porque el papiermark es absolutamente anodino). Las calles y las casas están infectadas de miedo. Hay hambre y desempleo. Todo parece apuntar a que la violencia será la expresión del resentimiento germano por los acuerdos políticos y económicos tomados en Versalles. Y en ese contexto ocurre, el 8 de noviembre de 1923, lo que se conoce como “El Putsch de la Cervecería”, el fallido intento de golpe de Estado liderado por Adolfo Hitler (quien acabará entonces en la cárcel).

Un grupo numeroso de estadounidenses acudirá a las urnas con un ánimo semejante al de los ciudadanos alemanes de 1923: desencantados, empobrecidos, con sueldos magros, hartos de los políticos tradicionales (mentirosos y cínicos, como Hillary Clinton), abatidos moralmente porque la american way of life se desvaneció hace ya mucho tiempo, indignados por los trabajos de distensión con

En la Bürgerbräukeller

En la Bürgerbräukeller, el jueves 8 de noviembre de 1923.


Al observar y escuchar al candidato republicano, la memoria de siglos pasados despierta...



Cuba. ¡Y, para colmo, el presidente es negro! Irán a votar por un hombre que les habla de frente, sin filtros, descaradamente, su voz es su pensamiento; irán a votar por un hombre que les promete devolverles la grandeza nacional, irán el 8 de noviembre de 2016 a votar por quien les ofrece devolverles el alma, como fueron los camisas pardas a la Bürgerbräukeller el 8 de noviembre de 1923, esa vez conducidos por Adolfo Hitler, también para rescatar su alma. Esta vez no necesitan un golpe de estado, sino solamente dejar de ser indolentes y acudir a las casillas.

En uno de sus recientes artículos periodísticos, la doctora Soledad Loaeza advierte que “la ignorancia, la vulgaridad y la provocación que caracterizan el discurso del multimillonario convertido en político parecen completamente ajenos a la imagen de la democracia estadounidense, erigida en modelo universal”, lo que nos recuerda inevitablemente el comentario del inspector Bauer el 11 de noviembre de 1923: “Hitler falló con su golpe de estado en Múnich. Fue un fiasco descomunal. Hitler y su bando subestimaron la fuerza de la democracia alemana”. Ya que conocemos la historia posterior, es decir, lo ocurrido diez años después (el inicio del Tercer Reich, en 1933), las palabras del inspector y de la doctora Loaeza no sirven para tranquilizar al mundo, porque el huevo de la serpiente sigue incubándose bajo el resentimiento social.


*El epígrafe es una cita de la película El huevo de la serpiente, de Ingmar Bergman, de 1977, protagonizada por David Carradine y Liv Ullman. En cuanto a la frase que da título a la pieza cinematográfica (y que se explica a través de Vergerus, uno de los personajes), ésta tomada del monólogo de Bruto en la primera escena del segundo acto de Julio César, de William Shakespeare: And therefore think him as a serpent’s egg / which, hatch’d, would, as his kind, grow mischievous, / and kill him in the shell (Que hay que creer que es huevo de serpiente, / que dañino será cuando se incube / y que en el cascarón matar es fuerza).