Aquí y allá

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Octavio Herrero*

La propagación de corporaciones multinacionales, el nacimiento de tratados comerciales regionales y la desaparición de regulaciones financieras han sido el pan de cada día durante las últimas décadas. Por eso, al mundo le parece incomprensible que Estados Unidos y Europa (el seno mismo de los capitales globalizadores) nos regalen el Brexit, la salida de Estados Unidos del acuerdo climático de París y el America first de Trump.

¿Qué sucede? ¿Ha decidido la historia dar marcha atrás?

El devenir se cocina siempre en el centro de una dicotomía: la que establecen las palabras aquí y allá, conjuros que dan piso y destino a la voluntad, adverbios que establecen dos viajes fundamentales: el que sucede cuando, partiendo desde aquí, desde nosotros, nos movemos hacia allá, hacia el mundo (hacia el otro), y el que ocurre cuando marchamos hacia el interior, hacia el allá que vive dentro de nosotros. El primer viaje es el que nos permite conquistar el entorno; el segundo, la jornada que nos imponemos en pos de nuestra identidad.

Nos nutrimos de los lugares y de las personas que encontramos, pero nos fundamos al desmarcarnos de ellos (nos separamos del mundo para consolidarnos, primero como personas y después como sociedad). Es esta paradoja la que define la naturaleza expansiva de la cultura. La conquista (un ir hacia el mundo) BALANCES DEL SIGLO produce el imperio (que no es otra cosa que la reproducción de nosotros mismos). Por esto, la globalización no me parece un fenómeno meramente económico y político de los años recientes. La globalización (o acaso debemos decir la universalización) es inherente a lo humano y nos ha acompañado durante toda la historia. La aldea global de Marshall McLuhan no es opcional.

¿Cómo entender, entonces, que en pleno clímax de la revolución integradora más contundente de la historia (la convergencia digital e internet, su hija preferida) surjan movimientos y liderazgos en sentido contrario?

Decía Gramsci: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”1. Estos monstruos son peligrosos, dolorosos, terribles pero, por su propia naturaleza, nunca definitivos. Trump es la reacción patética de un pasado que se niega a morir, el berrinche de un presente moribundo. Las patadas de ahogado de intereses que no llegarán jamás a su destino y también, por fortuna, la resaca que le sirve a la historia para tomar vuelo. Porque la vocación social es siempre integradora, promiscua, en el sentido original de la palabra 2.

Puede México estar tranquilo de que el nacionalismo retrógrado de su vecino será pasajero; pero aun así tenemos mucho en qué ocuparnos: es indispensable hacer frente a las circunstancias que intentan someternos y a la insolencia demagógica con la que se trata a México y los mexicanos. Para esto, es indispensable un liderazgo inteligente. Si el país cuenta o no con este liderazgo, ésa es una reflexión que todo mexicano debe responder con urgencia, particularmente en épocas electorales.

1. Gramsci, Antonio. Cuadernos de la cárcel, Cuaderno 3 §34 (1930). He utilizado una paráfrasis muy difundida, que conserva el espíritu del original: “La crisi consiste appunto nel fatto che il vecchio muore e il nuovo non può nascere: in questo interregno si verificano i fenomeni morbosi piú svariati”. La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados. Editorial ERA (México, 1981), traducción de Ana María Palos, edición crítica del Instituto Gramsci.

2. Promiscuo, palabra de origen latino, viene de la combinación del prefijo pro (hacia delante) y el verbo miscere (mezclar).


*Chief Value Officer de HERRERO, Agencia de Publicidad